(No) Importa

Desahogos y ahogos por escrito

Debes ser feliz. No. No lo comprendes. Tienes que ser feliz. O si no lo eres al menos es obligatorio que parezcas feliz. Porque si no lo eres es tu culpa. Así que disimula, copón.

Es tu culpa porque no quieres serlo y es tu culpa porque tu no felicidad molesta a los demás. Y siempre habrá alguien que se encargue de que lo sepas.

Le ha costado conseguir el título y que le enconmienden esa tarea (las oposiciones deben ser dificilísimas y provocar el agotamiento facial al intentar que su sonrisa perenne quede en las primeras plazas); así que entiende que te dirigirá miradas e incluso comentarios que van desde la pena hasta la desaprobación nada disimulada; haciendo que sientas una distancia que deja pequeña a la recomendada en tiempos pandémicos, convirtiendo el día en que no sonríes en algo más reprobable que estornudar sin cubrirte con el interior del codo y sin llevar mascarilla. Pero solo hace su trabajo.

Viñeta de Cypressdraw

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Cuando le dieron nombre a lo que tenían ante sus ojos pensaron en una vasija usada por los pescadores japoneses para atrapar pulpos, en concreto en su forma abombada terminada en un cuello estrecho. Pero desde que lo escuché no he dejado de darle vueltas a si en algún momento también visualizaron la metáfora de que un objeto capaz de no dejar escapar semejante presa tenga a la vez la fragilidad del barro cocido ante un golpe inesperado.

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Hemos pasado a la Fase I en este relato que solo imaginaba contado por el típico cine de desastres pero que narraremos, dentro de años, recordando como hasta los cines se quedaron mudos. Y pensaba en ello mientras me ponía las zapatillas, mirando el reloj, calculando el tiempo exacto que no debería sobrepasar, duración y límite de la franja horaria y, sobre todo, la gente que hoy debería esquivar, malhumorado antes de poner un pie en la calle.

Porque a veces nos recuerdan que este relato de pérdidas y de aplausos y de esperanza para el futuro, alimentada por gestos de humanidad, también puede serlo de terror por la repetición de señales del pasado que ilustran lo fácil que es que algunos la pierdan.

Porque hay días en que el escepticismo ante el “saldremos siendo mejores” es sustituido por el “síndrome de la cabaña” que explicaban en “La Cafetera” y el miedo a que ya no se trate de miedo, sino a que la cabaña se empiece a parecer un poquito más a la de Kaczynski.

Y ha sido en uno de esos días en que los auriculares te sirven no para escuchar sino como muralla para dejar de oír y la mascarilla, en vez de sofocarte, se convierte en un escudo que nada tiene que ver con virus, donde ha bastado un segundo y lo inesperado para recordarme que en solo un gesto puede haber suficiente poder para cambiarlo todo. Y la ironía es que lo haya desencadenado algo tan simple y hoy tan complicado como un estornudo.

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Pura vida.

Lo que había tras aquella sonrisa por DNI con la que te presentaste.

Pura vida. Como la que crea los mundos que compartes en estudios científicos y mezclas imposibles de colores sobre banderines.

La que podría esperar que haga latir, aletear y salir del papel tus ilustraciones.

La que transmites haciendo que quien no se atreve se descubra deseando vivir tus viajes.

La que canalizas, como si transmutaras en médium, para sentir, a través tuya, la energía de una fiesta en México, de una ciudad de calles abarrotadas, de la paz al despertar en una playa, de lo poderoso de dormir en la soledad de un desierto.

Pura vida en cada pedalada, en el aire que empuja cada aliento al ascender una montaña, en el viento que juega con la risa al acelerar bajándola.

En cada suspiro ante lo que podría y debería. Ante lo que debería pero no se pudo. Y en cada lágrima cuando no se podía y tus ojos, al poder, rompieron a gritar.

Por eso no importa el cómo, el dónde o el por qué. Importa con quién. Importa contigo. Importa vivir.

Y vivirte.

Podría decir que cuando abrí el sobre casi se oía el mar, que casi se saboreaba la sal, que casi te acariciaba el viento; pero lo que se sentía sin ninguna duda era un abrazo cruzando kilómetros de agua y tierra para llegar en el mejor momento, en el más necesario, en el único, para conseguir dibujarme una sonrisa.

Una sonrisa en la cara que compite ahora con otra formada por banderines donde todos los colores, en vez de enfrentarnos, nos hermanan.

Unos colores que se han sumado por sorpresa a la familia de momentos que me saludan a diario igual que, por sorpresa, ella se sumó a la familia aquel día que, mientras esperaba que comenzara Carne Cruda, se sentó a mi lado mientras respondía a mi asombro “me han dicho que me haga tu amiga”.

Una familia (no son los únicos que saben de lo que hablo) unida por manías. La de un programa de radio que no quiere callar y la de quienes queremos escucharlo todo para que nadie piense por nosotros.

Muchísimas gracias familia.

Déjame vivir desordenado, mientras las cadenas de tu estabilidad no apresan mi libertad.

Déjame gritar de pie, mientras la tranquilidad de tu sistema no magulla mis rodillas.

Déjame hundir desconsolado, mientras tu miedo a las lágrimas no siente mi llanto.

Déjame morir enamorado, mientras tu razón no comprende la locura de mi felicidad.

El vendedor abrió la trampilla y miró, como siempre que tenía que bajar al sótano, con cierta incomodidad hacia la oscuridad en la que se hundía la estrecha escalera de caracol.

Sabía que era una tontería preocuparse porque, con la tienda aún cerrada, no iba a entrar nadie; pero en realidad aquella sensación se la provocaba el sótano, no el dejar la tienda vacía con el cierre de la calle medio levantado.

Lo primero que le sorprendió al pensarlo, mientras empezaba a bajar las escaleras que temblaban bajo su peso, es que se había terminado por acostumbrar incluso a ese otro detalle “sin importancia”. La bombilla parpadeando en la oscuridad, casi de forma forzada para contribuir a la atmósfera.

Justo al pisar aquel suelo sin terminar llegó la segunda sorpresa en forma (o más bien sonido) de portazo de la trampilla, al cerrarse de golpe y tapar la luz que llegaba desde la tienda.

La tercera tardó un poco más, mientras pensaba en todas las veces que había bromeado con que un día la cadena que sujetaba la trampilla se iba a romper atrapándole.

Supo que no estaba solo.

Siendo tan fácil lo más fácil sería explicarte que, precisamente, en un mundo gris donde nos empeñamos en hacer todo tan difícil, lo más difícil es conocer a alguien como tú. Y que, cuando buscamos como adictos motivos para darnos de cabezazos contra la pared, el mejor motivo para abrirnos la cabeza sería no poder conocerte a todo color, porque ya sólo el hablar contigo puede resultar adictivo.

Ojalá lo fuera… Tan fácil.

Para muchos sólo será algo de los “frikies”, y otros pensarán que no se puede sentir tanta pena por la falta de alguien a quien no se conoce, una actriz interpretando un papel; un papel por encima de muchos otros…

Sin embargo, para algunos de nosotros, que nacimos casi bajo las primeras imágenes de aquel destructor imperial ocupando toda la pantalla, aquella chica que pedía ayuda en un holograma era la que podía coger una pistola láser (sí, un “bláster”) y enfrentarse a cualquier ejército. Aquella chica que se debatía encadenada por un jefe del hampa alienígena era la que podía terminar estrangulándole. Aquella chica menuda que no cumplía muchos de los cánones típicos (y todos los tópicos) de esos personajes femeninos (que sólo aparecen para gritar mientras observan la lucha) no sólo no era la figura decorativa a la que salvar sin más al final de la película, sino que podía dar órdenes a una escuadra y encabezar una rebelión contra todo un imperio. Era alguien junto a quien querrías luchar.

El nudo en la garganta que muchos no comprenderán se debe a que Star Wars se convirtió en el cuento que casi cuarenta años después nos volvía a emocionar cada vez que veíamos los primeros fotogramas, y hoy la fuerza se ha estremecido… porque Carrie Fisher / Leia, casi de forma indistinguible, no era “la princesa en apuros”, pero era la princesa de nuestro cuento.

Que la fuerza esté contigo princesa.

Cualquiera podría elegir quemarse en la hoguera de tu melena de fénix oscura. Cualquiera querría ahogarse hipnotizado en el verde de tus ojos de ondina. Felices. Sí. Ignorantes. También. Demasiado simple. Sobre todo.

Siempre preferí zambullirme en una conversación que me arrastrara a través del tiempo. Siempre preferí un intercambio de ideas dichas, o no, que encendiera la imaginación. Con una sonrisa. Sí. Con un guiño. También. Siendo tú. Sobre todo.