La esperanza embargada

Como si de una casa se tratara había habitaciones con las puertas siempre abiertas y otras cuyas puertas sólo dejan ver el interior para guardar momentos que prefieres olvidar.

Recuerdo el color de cada habitación y su contenido, la que tenía la pared cubierta de fotos e imágenes de sitios que visitar y conocer, la que se llenó de proyectos y futuros paseos por ciudades, también la que almacenó entradas de conciertos y donde no dejaban de sonar canciones.

Una habitación donde estanterías hasta el techo mostraban todos los libros leídos y por leer y otra donde las palabras de cada una de las conversaciones mantenidas y las futuras por tener se cruzaban en el aire sin papel que las contuviera.

Desde una de las puertas abiertas las risas asomaban al pasillo y en otro cuarto hacía tiempo que se había dado de baja el gas porque la calefacción se facturaba quemando abrazos.

Sí seguías por el pasillo te encontrabas con una sala llena de espejos y guiños de complicidad, otra con las ventanas abiertas para dejar soplar los supiros e incluso una donde imperaba el caos ordenado del sexo, donde todo lo anterior se mezclaba sin orden pero con concierto, el formado por dos respiraciones que se persiguen, se superponen y se entremezclan.

Recuerdo que no se necesitaban llaves y la entrada era libre, pero también recuerdo que no fue suficiente; y lo hago desde detrás de una puerta cerrada.

Hoy no queda nada en las habitaciones; cada una fue despojada de su contenido, y las puertas de los cuartos que no debían ser abiertos forzadas. Así mientras cada idea, ilusión y ganas eran sacadas en carretillas, tiradas por las ventanas y llevadas lejos en un camión de mudanzas desconocido, su lugar fue ocupado por las dudas, por cada error pasado, por la repetición del dolor y los silencios que tiñen de gris cualquier color.

Aún resisto en la casa, intentando que no vuelvan a quitarme nada más, aunque ya no queda nada que llevarse. Mientras, alguna vez, observo a escondidas desde detrás de las ventanas cada vez más opacas.

Parece que fuera sigue habiendo color y he disfrazado la fachada con el graffiti de una sonrisa en un intento de que no se note demasiado que por dentro las paredes están agrietadas, la pintura ha caído desconchada y han aparecido machas de humedad por cada vez que he conseguido controlar el temblor de mi voz.

Con las paredes vacías cada habitación ha encogido y los únicos sonidos son el eco distorsionado contra los espejos rotos y los pasos amortiguados por el polvo que cubre el suelo cada vez que el miedo a abrir la puerta al exterior me lleva a correr y esconderme en el cuarto más pequeño para intentar pasar desapercibido.

Sé que quizás en un futuro la curiosidad me lleve a abrir de nuevo la puerta y ventanas, a ventilar la casa, a pintar las paredes mientras voy arrinconando la oscuridad tras aquellas puertas con candado, y que incluso me atreva a intentar llenar las habitaciones, pero cada vez cuesta más… he descubierto que también me embargaron la esperanza.