La felicidad tóxica

Debes ser feliz. No. No lo comprendes. Tienes que ser feliz. O si no lo eres al menos es obligatorio que parezcas feliz. Porque si no lo eres es tu culpa. Así que disimula, copón.

Es tu culpa porque no quieres serlo y es tu culpa porque tu no felicidad molesta a los demás. Y siempre habrá alguien que se encargue de que lo sepas.

Le ha costado conseguir el título y que le enconmienden esa tarea (las oposiciones deben ser dificilísimas y provocar el agotamiento facial al intentar que su sonrisa perenne quede en las primeras plazas); así que entiende que te dirigirá miradas e incluso comentarios que van desde la pena hasta la desaprobación nada disimulada; haciendo que sientas una distancia que deja pequeña a la recomendada en tiempos pandémicos, convirtiendo el día en que no sonríes en algo más reprobable que estornudar sin cubrirte con el interior del codo y sin llevar mascarilla. Pero solo hace su trabajo.

Viñeta de Cypressdraw

En un mundo de leyes espirituales de atracción, frases de Paulo Coelho y tazas de Mr. Wonderful la felicidad está ahí, al alcance de tus dedos, y solo tienes que desear ser feliz para serlo, para que “el universo conspire a tu favor” a ritmo de kumbayá. Así que si no lo eres es porque no te has esforzado lo suficiente, porque no lo has deseado con ganas, porque en este capitalismo de las sonrisas los triunfadores son los que se lo han currado y si tú no triunfas no busques más culpables, no eludas tu responsabilidad; eres un zángano que solo busca vivir de “paguitas” emocionales y fijo que no sonríes solo por buscar llamar la atención.

Hemos llegado a un punto donde cualquier momento en que no seas inequívocamente la representación de un “acid” (el “smiley” para quien no entienda la referencia viejuna) corres el riesgo de que alguien te catalogue por los restos no solo como negativo sino que, además, te marque como un apestado que va a propagar indefectiblemente la negatividad. Y donde algo tan sano como reírse de uno mismo se ha convertido en una herejía.

¿Qué va a ser si no? Si eres capaz de reírte de tus defectos es porque en realidad solo miras lo malo. Así que cuidado con que te vean reírte, por ejemplo, a costa de la inversión cervecera depositada en tu tripa, que no es que lo hagas porque no le des importancia, no, que ya te conocen. Lo haces porque eres negativo. ¿Qué? ¿Cómo que ahora sí que te han quitado las ganas de reír? ¿Y de quién es la culpa? ¡Tuya, agujero negro de la felicidad!

Pero en esta situación a medio camino entre el surrealismo y el remedo de aquel relato de terror, donde si no sonreías continuamente te hacían desaparecer, es justo el miedo la clave. Y no precisamente el que provoca imaginar que algunos parezcan capaces de acercarse a quien está a punto de saltar de una cornisa para echarle en cara la poca vergüenza de ser una carga para los demás con su negatividad, a modo de palmaditas en la espalda hacia el abismo, sino el miedo de esos comisarios de la felicidad a descubrir que no son felices.

Sí, tienen miedo. Es más, tienen pánico. A admitir que igual no son tan felices como desean y a no saber enfrentarse a ello. E igual que todas las dictaduras se alimentan de complejos, miedos y el odio generado, la fobia a no ser feliz lleva a algunos (aunque no sean mequetrefes con bigote) a intentar imponer a los demás serlo, casi de forma rabiosa. Y a señalar a quien no cumple con ello como un enemigo.

No deja de ser curioso lo fácil que resulta encontrar en el primer resultado de una búsqueda que el “miedo a ser feliz” se llame “querofobia / cherofobia” pero no aparezca igual de rápido un término para el “miedo a ser infeliz”. Pero claro, ¿de quién hemos quedado que era la culpa? Nos vamos entendiendo (guiño, guiño).

Más curioso es aún la paradoja de que los que te reclaman ser feliz, los que gritan generalizando “negatividad tóxica”, mientras te rocían con un “cucal” de positivismo (los lanzallamas no están bien vistos, que si no...), son los más capaces de acabar con cualquier felicidad a su alrededor y, por supuesto, convertir el típico “momento de bajón” en un “masterchef” edición Heisenberg.

Les reconocerás porque son los mismos a los que, aunque te zarandeen agarrándote de la pechera mientras te gritan que se preocupan porque seas feliz, les habrás escuchado en más de una ocasión quejándose de que fulanito o menganita les dan la plasta con sus penas (hazte una idea de lo que dicen de ti). Los que te contestarán que prefieren no conocer la actualidad porque no están para tristezas cuando llegan a casa. Los amigos licántropos, que solo son “amigos” para ir de juerga cuando sale la luna. Los que harán continuamente chistes cuando les estés contando algo que te preocupa. Y, sobre todo, los que menos sabrán como ayudar en un momento realmente triste.

Porque los que tienen fobia a no ser feliz y niegan a otros el derecho a no serlo 24x7 poco saben de la fuerza que demuestra el pasar por ello y levantar la cabeza después.

Así que ya sabes. Sé feliz. Por ellos al menos, un poco...

¡Qué seas feliz! Y de regalo toma esta taza.


¡Muchas gracias Cypressdraw por dejarme usar tu arte!