La sorpresa

El vendedor abrió la trampilla y miró, como siempre que tenía que bajar al sótano, con cierta incomodidad hacia la oscuridad en la que se hundía la estrecha escalera de caracol.

Sabía que era una tontería preocuparse porque, con la tienda aún cerrada, no iba a entrar nadie; pero en realidad aquella sensación se la provocaba el sótano, no el dejar la tienda vacía con el cierre de la calle medio levantado.

Lo primero que le sorprendió al pensarlo, mientras empezaba a bajar las escaleras que temblaban bajo su peso, es que se había terminado por acostumbrar incluso a ese otro detalle “sin importancia”. La bombilla parpadeando en la oscuridad, casi de forma forzada para contribuir a la atmósfera.

Justo al pisar aquel suelo sin terminar llegó la segunda sorpresa en forma (o más bien sonido) de portazo de la trampilla, al cerrarse de golpe y tapar la luz que llegaba desde la tienda.

La tercera tardó un poco más, mientras pensaba en todas las veces que había bromeado con que un día la cadena que sujetaba la trampilla se iba a romper atrapándole.

Supo que no estaba solo.