Monstruos conocidos

Aquella noche nada hacía presagiar que a la vuelta de una esquina aquel monstruo estaría esperando para asaltarme… o quizás sí, al fin y al cabo somos viejos conocidos.

El monstruo no me vigilaba (como muchos temen en sus pesadillas) escondido en la penumbra de un sórdido callejón, sino que se había fijado en mí, en cierta sonrisa despreocupada tras una noche en la que me había divertido por fin de nuevo, bajo la luz de aquella farola en la que decidió esperarme. Quizás por eso me cogió por sorpresa, quizás también algo parecido a un momento de felicidad me hizo bajar la guardia; en parte esa felicidad de los ignorantes otorgada por el desconocimiento de la calle en la que me encontraba, por la oscuridad que no me permitía situarme. Y es que ese tipo de monstruo caza a plena luz, en los lugares que te son familiares, y aprovecha cada recuerdo asociado a ellos para desarmar cualquier posible resistencia.

Son esos monstruos los que te esperan para estrangularte con una cuerda invisible y su nudo en la garganta al llegar a una calle que recuerdas haber recorrido sintiendo de otra forma tantas veces, son ellos los que buscan en lo más profundo de tu cabeza ese recuerdo y lo enfrentan a la realidad, los que consiguen que en una calle abarrotada y conocida te sientas tan solo como podías imaginar que se podían sentir los protagonistas de “Lost in Translation” entre millones de personas.

Son esos monstruos los que cuando ya no recordabas nada te susurran al oído. Son los que te hacen sentir insignificante, los que pintan con pinceles de inseguridad por detrás de cada lienzo de tu personalidad, los que depositan esas cápsulas de veneno que se libera de forma retardada cada vez que te atreves a soñar un futuro distinto.

Son esos monstruos los que te hacen intentar huir de cualquier recuerdo, de cualquier risa. Los que te hacen desear escapar de la luz, no enfrentarte a ella, convertirte en la sombra que camina a tus pies para poder perderte en cualquier zona oscura desconocida y obtener un respiro.

Así que cuando aquella noche giré y me descubrí en Gran Vía me di cuenta enseguida de que era demasiado tarde para huir. El aire se esfumaba junto a cualquier razonamiento y de repente camino de Príncipe Pío el monstruo me alcanzó, todo dudas, inseguridad, tristeza, soledad y esa infinita pregunta susurrada.

“¿Por qué?”.

Y mientras deseaba que soplara un viento tan fuerte que ya no sólo pudiera usar como excusa para las primeras lágrimas, sino que me pudiera arrancar de allí y llevar muy lejos, noté como las garras cada vez se clavaban más profundamente atravesando cualquier defensa, buscando cada recuerdo, hasta que el dolor fue insoportable.

Me encontré llorando de nuevo por cada momento vivido en cada calle conocida, me encontré llorando por cada momento que no viviré y cada calle que no conoceré, me encontré llorando por cada vez que lloré anteriormente, me encontré llorando por cada momento en que dije que no iba a llorar de nuevo, me encontré llorando… de nuevo, otra vez, siempre.

No sé en qué momento volverá a elegir atacarme pero de lo que estoy seguro es de que ya está allí, esperándome a plena luz, otra vez… al fin y al cabo somos viejos conocidos.