(No) Importa

Desahogos y ahogos por escrito

Les sorprendía que aún cuando hubo perdido todo nunca pareció notar ese frío que acompaña a quien cruza fronteras más allá de la soledad.

Nunca entendieron que aprendió a abrigarse tejiendo pesadillas.

No sabía cuánto necesitaba reír hasta que empecé a llorar de verdad.

Tienes que admitirlo, lo has disfrutado. Disfrutaste desde el primer minuto en que empezaste a vigilarla entre las sombras, inconsciente de tu mirada, de que medías cada uno de sus movimientos despreocupados, con esa cadencia que da el sentirse a salvo. Entonces diste un paso omitiendo por primera vez el silencio habitual, lo justo para que escuchara que no se encontraba sola, y disfrutaste. Lo hiciste al ver como en la máscara de tranquilidad que vestía asomaban grietas que poco a poco se agrandaron a la par que sus ojos intentando encontrar el origen de aquel sonido.

Justo cuando se giraba decidiste respirar, un poco más fuerte, exhalando el calor que te quemaba por dentro para formar una nube en el aire súbitamente frío. Total, no iba a notarlo, su propio calor había huído atado al color de su piel al ver aquella niebla suspendida y ni la carrera alocada que comenzó iba a ser capaz de quitar ese escalofrío que le había recorrido la espina dorsal. Disfrutaste tensar los músculos antes de comenzar la persecución.

Cada uno de sus traspiés, cada obstáculo a medio esquivar, cada golpe contra el suelo… los disfrutaste. Tanto como saber que no prestaría la suficiente atención al siguiente salto porque no podía dejar de fijarse en tu figura recortándose cada vez más cerca pero imposible de concretar a base de miradas de reojo.

Aquella última caída, al intentar incorporarse de la anterior ya sin fuerzas en su cuerpo, mientras boqueaba a la desesperada intentando encontrar un oxígeno que parecía habérsele negado, la disfrutaste. De la misma forma que ver su coraza rota y los jirones de seguridad que habían quedado colgando desgarrados tras múltiples enganchones por el camino.

Su mirada desencajada, el resultado de sus heridas fluyendo color petróleo al arrebatarle la luz inclinándote sobre ella… La perplejidad, el miedo, la desesperación de tu presa… las disfrutaste. Y por primera vez te permitiste reír poniendo sonido a su muda mueca de terror.

Cuando la arrastrabas hacia las profundidades, donde siempre esperas paciente, te giraste una vez más y su rostro te devolvió rendición y aceptación. Rendición por haberlo comprendido, una vez más; aceptación por volver a aquel pozo que ya conocía tan bien. Al fin y al cabo era tu propio rostro el que te miraba; al fin y al cabo tú mismo eras la presa, tú mismo el cazador, tú mismo te permitiste pensar que podías huir de aquel pozo, tú mismo te encargaste de recordarte que intentar ver la luz sólo consigue dejarte más ciego cuando ésta vuelve a desaparecer. Y en el fondo… lo has disfrutado.

Hay veces que sinceramente no sé si lo que voy a hacer es el mayor error de mi vida y sin embargo tengo la seguridad de que si no lo intento al menos nunca me lo perdonaré.

Hay veces que sí, es el peor error de mi vida, hay otros en que descubres una sonrisa y unas hojas con un cuento como respuesta.

Cada una de esas veces vale por cien de las demás.

– Ojalá conociera a alguien como tú. – Ya me conoces a mí. – Ojalá alguien como tú quisiera conocerme a mí.

Empezar con un libro, sin más, sin casi haber hablado, y sin embargo con la sensación de haber conocido a alguien a quien merecía la pena regalárselo aunque no pudieras explicarlo…

No salir nunca del desconcierto cuando siempre te ha gustado tener controlado que reacción esperar… Vivir en el equilibrio entre que se haya convertido en alguien imprescindible pero que a la vez te llevará a golpearte contra el suelo más de una vez.

Saber que no necesita caballero de la brillante armadura y sin embargo tener claro que para lo que fuera te tendría allí. Que ya te tiene.

Confiar en ella como has confiado en muy pocas personas. Plantearte a veces límites al contarle tu vida porque hay cosas que preferiría no saber.

Que no importen horas de transporte o cruzar fronteras para verla cinco minutos pero no haberla empezado a conocer de verdad hasta que no se encontró a cientos de kilómetros. Lamentar el tiempo perdido.

Maldecir si las cosas le van mal y alegrarte cuando le van bien, incluyendo cuando te gana. Aprender a no demostrarlo.

Ilegalizar dar abrazos, dos besos o “despedirte”, pero que sea capaz de desarmarte con un abrazo inesperado de un segundo o un “¿sabes que te quiero no?”. No poderlo olvidar.

Descubrir que se ha convertido en la persona con la que más hablas. Que sea la misma que te hizo estrellarte al descubrir también que no sabía como librarse de ti.

Sorprenderte constantemente como si vieras un diamante indestructible. Comprender que la roca más dura del mundo puede ser una de las más frágiles si la golpean en el punto preciso.

Cortarte como no te cortas con nadie a la hora de bromear, prometerle/prometerte que jamás le “tirarías los tejos”… No entender a quienes no apreciaron la suerte que tenían porque si te preguntaran no dudarías en desear que cualquier mujer se pareciera aunque sea un poco a ella.

Cinco años después y perdida la cuenta de los libros haberlo vivido como si hubiera abierto uno, con páginas que te enganchan, otras que te sorprenden, y algunas con las que te llevas disgustos. Dudar siempre antes de pasar a la siguiente porque tampoco sabes lo que esperar a la vuelta de la hoja.

Escribir una y otra vez el mismo texto porque nunca crees haber escrito algo a la altura. Seguir sin estar a la altura.

Esperar que haya más libros. Anhelar que las hojas de éste no se terminen.

Como si de una casa se tratara había habitaciones con las puertas siempre abiertas y otras cuyas puertas sólo dejan ver el interior para guardar momentos que prefieres olvidar.

Recuerdo el color de cada habitación y su contenido, la que tenía la pared cubierta de fotos e imágenes de sitios que visitar y conocer, la que se llenó de proyectos y futuros paseos por ciudades, también la que almacenó entradas de conciertos y donde no dejaban de sonar canciones.

Una habitación donde estanterías hasta el techo mostraban todos los libros leídos y por leer y otra donde las palabras de cada una de las conversaciones mantenidas y las futuras por tener se cruzaban en el aire sin papel que las contuviera.

Desde una de las puertas abiertas las risas asomaban al pasillo y en otro cuarto hacía tiempo que se había dado de baja el gas porque la calefacción se facturaba quemando abrazos.

Sí seguías por el pasillo te encontrabas con una sala llena de espejos y guiños de complicidad, otra con las ventanas abiertas para dejar soplar los supiros e incluso una donde imperaba el caos ordenado del sexo, donde todo lo anterior se mezclaba sin orden pero con concierto, el formado por dos respiraciones que se persiguen, se superponen y se entremezclan.

Recuerdo que no se necesitaban llaves y la entrada era libre, pero también recuerdo que no fue suficiente; y lo hago desde detrás de una puerta cerrada.

Hoy no queda nada en las habitaciones; cada una fue despojada de su contenido, y las puertas de los cuartos que no debían ser abiertos forzadas. Así mientras cada idea, ilusión y ganas eran sacadas en carretillas, tiradas por las ventanas y llevadas lejos en un camión de mudanzas desconocido, su lugar fue ocupado por las dudas, por cada error pasado, por la repetición del dolor y los silencios que tiñen de gris cualquier color.

Aún resisto en la casa, intentando que no vuelvan a quitarme nada más, aunque ya no queda nada que llevarse. Mientras, alguna vez, observo a escondidas desde detrás de las ventanas cada vez más opacas.

Parece que fuera sigue habiendo color y he disfrazado la fachada con el graffiti de una sonrisa en un intento de que no se note demasiado que por dentro las paredes están agrietadas, la pintura ha caído desconchada y han aparecido machas de humedad por cada vez que he conseguido controlar el temblor de mi voz.

Con las paredes vacías cada habitación ha encogido y los únicos sonidos son el eco distorsionado contra los espejos rotos y los pasos amortiguados por el polvo que cubre el suelo cada vez que el miedo a abrir la puerta al exterior me lleva a correr y esconderme en el cuarto más pequeño para intentar pasar desapercibido.

Sé que quizás en un futuro la curiosidad me lleve a abrir de nuevo la puerta y ventanas, a ventilar la casa, a pintar las paredes mientras voy arrinconando la oscuridad tras aquellas puertas con candado, y que incluso me atreva a intentar llenar las habitaciones, pero cada vez cuesta más… he descubierto que también me embargaron la esperanza.

Aquella noche nada hacía presagiar que a la vuelta de una esquina aquel monstruo estaría esperando para asaltarme… o quizás sí, al fin y al cabo somos viejos conocidos.

El monstruo no me vigilaba (como muchos temen en sus pesadillas) escondido en la penumbra de un sórdido callejón, sino que se había fijado en mí, en cierta sonrisa despreocupada tras una noche en la que me había divertido por fin de nuevo, bajo la luz de aquella farola en la que decidió esperarme. Quizás por eso me cogió por sorpresa, quizás también algo parecido a un momento de felicidad me hizo bajar la guardia; en parte esa felicidad de los ignorantes otorgada por el desconocimiento de la calle en la que me encontraba, por la oscuridad que no me permitía situarme. Y es que ese tipo de monstruo caza a plena luz, en los lugares que te son familiares, y aprovecha cada recuerdo asociado a ellos para desarmar cualquier posible resistencia.

Son esos monstruos los que te esperan para estrangularte con una cuerda invisible y su nudo en la garganta al llegar a una calle que recuerdas haber recorrido sintiendo de otra forma tantas veces, son ellos los que buscan en lo más profundo de tu cabeza ese recuerdo y lo enfrentan a la realidad, los que consiguen que en una calle abarrotada y conocida te sientas tan solo como podías imaginar que se podían sentir los protagonistas de “Lost in Translation” entre millones de personas.

Son esos monstruos los que cuando ya no recordabas nada te susurran al oído. Son los que te hacen sentir insignificante, los que pintan con pinceles de inseguridad por detrás de cada lienzo de tu personalidad, los que depositan esas cápsulas de veneno que se libera de forma retardada cada vez que te atreves a soñar un futuro distinto.

Son esos monstruos los que te hacen intentar huir de cualquier recuerdo, de cualquier risa. Los que te hacen desear escapar de la luz, no enfrentarte a ella, convertirte en la sombra que camina a tus pies para poder perderte en cualquier zona oscura desconocida y obtener un respiro.

Así que cuando aquella noche giré y me descubrí en Gran Vía me di cuenta enseguida de que era demasiado tarde para huir. El aire se esfumaba junto a cualquier razonamiento y de repente camino de Príncipe Pío el monstruo me alcanzó, todo dudas, inseguridad, tristeza, soledad y esa infinita pregunta susurrada.

“¿Por qué?”.

Y mientras deseaba que soplara un viento tan fuerte que ya no sólo pudiera usar como excusa para las primeras lágrimas, sino que me pudiera arrancar de allí y llevar muy lejos, noté como las garras cada vez se clavaban más profundamente atravesando cualquier defensa, buscando cada recuerdo, hasta que el dolor fue insoportable.

Me encontré llorando de nuevo por cada momento vivido en cada calle conocida, me encontré llorando por cada momento que no viviré y cada calle que no conoceré, me encontré llorando por cada vez que lloré anteriormente, me encontré llorando por cada momento en que dije que no iba a llorar de nuevo, me encontré llorando… de nuevo, otra vez, siempre.

No sé en qué momento volverá a elegir atacarme pero de lo que estoy seguro es de que ya está allí, esperándome a plena luz, otra vez… al fin y al cabo somos viejos conocidos.

Dejar de existir.

Evitar ser visto. No compartir espacio. Romper lazos. No hablarlo. No ser hablado. Volverte rumor. Convertirte en tabú. Hacerte invisible. Ser olvidado… Esperarlo.

Dejar de existir.

Esa sensación de antes del enfrentamiento con el aire de la habitación cargándose como en una tormenta y la piel preparándose para la llegada del rayo que vendrá con el roce de tus dedos.

Tú como enemigo y tu cuerpo como campo de batalla en donde establecer estrategias en las que no interviene la razón.

Asomarme al abismo de tus ojos, hundirme en él intentando no ahogarme y sobrevivir a base de robar tu aire en cada beso. A falta de armas defenderme con los colmillos en tu cuello de tus uñas en mi espalda.

Retroceder dibujando con la lengua sobre cada centímetro del mapa fronteras que deseo nadie más pudiera traspasar.

Esperar tu error entre jadeos de esfuerzo para encontrar tu debilidad y comenzar ese cuerpo a cuerpo final donde cada ataque y defensa se sincronizan. Ese buscar y esquivar que se convierte en una danza lenta, pero que, como en cualquier guerra, que sea lenta no implica que sea suave.

Saber que puedo perder la batalla pero luchar por conseguir tu dominación. Que tu rendición se convierta en la mejor recompensa y caer en ese lado animal que siempre espera agazapado buscando tu pequeña muerte a costa de mi vida.

Superar ese límite donde ya no se distingue entre dolor y placer.

Saber que una guerra puede tener muchas batallas.