(No) Importa

Desahogos y ahogos por escrito

“Lejos.
Lejos de las ideas, lejos del ser, lejos del ahora, lejos de la vista, lejos del mar, lejos de la razón, lejos del miedo, lejos del espejo, lejos de la mano, lejos de una palabra, lejos del calor, lejos del camino, lejos de un paso, lejos de mí, o lejos de ti… da igual, estabas tan lejos, que ni siquiera el silencio supo encontrarte.”

Esther Hernández. Poetisa luchadora y viceversa.

Recuerdo los más de 8 kilómetros diarios que hacía mi madre para llevarnos y traernos del colegio.

Recuerdo que esperar entre la carnicería, charcutería, pollería, etc podía suponer más de una hora de pie y corriendo de un puesto a otro para que no se pasara la vez.

Recuerdo las comidas preparadas, ver poner y recoger la mesa, fregar la loza, pasar el cepillo, la aspiradora, la fregona, el polvo, limpiar las ventanas. Recuerdo verla coser, poner parches, que la ropa siempre estuviera “mágicamente” limpia y preparada cada mañana. Recuerdo todos los papeles donde iba anotando cada gasto. Salir corriendo para cualquier otro papeleo que hiciera falta.

Recuerdo que hasta en las vacaciones era la que menos paraba respecto a cualquier otro día.

No recuerdo el motivo por el que sin un papel no se le pudiera considerar mujer trabajadora.

Una vez me dijeron que el pueblo no protesta más no por desidia sino en el fondo por miedo y me preguntaba como es posible que el miedo sea lo que puede llegar a detener a tanta gente. Es fácil, el miedo nos domina uno a uno, desde el más rico que no quiere perder sus privilegios hasta el más pobre que todavía siente miedo aunque tan poco le quede por perder.

Y no me refiero ya a ese miedo a perder el trabajo o a no tener dinero, principal baza con la que juegan para que renunciemos a nuestros derechos, sino a uno mucho más básico por el que somos capaces de renunciar también a lo más básico a lo que podemos optar. ¿La vida?. No, si perdemos la vida nos dará lo mismo, porque una vez sin ella de poco nos tendremos que preocupar.

Hay algo todavía un nivel por debajo de la propia vida, y es que ésta no es más que un vehículo a través del cual pensamos en poder alcanzar la felicidad. Porque detrás de cualquier miedo que nombremos es el miedo a no ser felices lo que nos hace incapaces de movernos. Ése es el miedo que hace que no demos el paso que tantas veces hemos pensado, el miedo que nos impide desde darnos un pequeño capricho hasta romper con todo. Y es precisamente el miedo a no ser felices lo que muchas veces al final nos termina arrebatando la felicidad.

Es el miedo que nos dice que igual no valemos para intentar llegar más alto. Es el miedo que nos encadena a un trabajo, a una relación, a una gente y a una vida que nos hace infelices; el que nos frena cuando pensamos en dar un paso en una dirección que se sale del camino que parece que han elaborado para nosotros.

El miedo no sólo nos lo venden en televisión en forma de diferentes píldoras vestidas con capas plásticas de color crisis, países enemigos, terrorismo, delincuencia, inmigración (si, el miedo que hace que nos volvamos contra nosotros mismos es uno de los más sutiles y efectivos) con las que controlarnos como masa. También lo alimentamos y lo hacemos crecer a base de nuestras inseguridades.

Por miedo a no encajar dejamos de hablar, por miedo a que no nos valoren nos amordazamos nosotros mismos, por miedo a que nadie más nos quiera aguantamos en relaciones sin futuro, por miedo a que al final no sea tan bonito como parece no empezamos otras, por miedo a quedarnos solos nos aislamos del mundo, por miedo a lo que digan, hagan, piensen… por miedo a que nos juzguen nos juzgamos preventivamente, por miedo a ser infelices somos capaces de dar la espalda a lo que nos hace feliz.

Quizás sea por eso que como decía en un texto cuyo autor no recuerdo lo más revolucionario hoy en día sea no tener miedo. Quizás por eso lo que más miedo nos da es encontrarnos con alguien que no tiene miedo.

Dicen que sólo hay dos momentos en la vida donde pensamos en lo imposible, me refiero a cuando se es niño y todavía creemos en ello; me refiero a cuando te conviertes en adulto y dejamos de hacerlo.

Verne me hizo soñar de niño con lo imposible; en recorrer el mundo y sus lugares exóticos en 80 días, en ser Nemo y luchar a bordo del Nautilus contra calamares gigantes, en bajar al centro de la tierra a través de volcanes y poner un pie en la Luna, en vivir cinco semanas en globo, en llegar hasta los confines del mundo en busca de el rayo verde…

Con los años pasé a desear que lo imposible pudiera existir, huir donde no me conocieran sin fecha de vuelta, esconder sentimientos en el camarote menos accesible y tirar la llave para que no dolieran, no querer sentir ese peso que te aplasta y esas cadenas que te atan, a comprender que la única forma de evadirte a veces parece no ser legal y a aprender que el rayo verde es un efecto óptico del Sol cuando desaparece…

Nadie predijo que volvería a pensar en lo imposible por tercera vez empezando a creer que no existiera, que cualquier lugar del mundo sería bueno, que puedo resistir ante cualquier marea y tocar el cielo con las manos mientras sólo anhelo su calor, que un “bienvenido a la vida” en sus labios es el único aire que necesito para volar y que encontraría el rayo verde en una mirada a la luz de una farola…

Tu propia película muda… esa sea quizás la mejor forma de describirlo.

Como espectador en el cine mudo destaca la sobreactuación de los actores para poder representar un sentimiento que sin la compañía de un sonido no llega a transmitirse con la misma intensidad, pero ¿qué pasa cuando una película muda también carece de alma?, ¿qué pasa cuando la actuación es fría? Acudir al cine esperando algo para el recuerdo y salir con la sensación de haber vivido una película muda y vacía, no sólo de sonido sino de alma, produce el mismo efecto, desconcierto, tristeza, desidia… rabia por la sensación de ser engañado. Hay algo que te han robado, algo que falta.

Pero ¿y si eres el actor? ¿Qué pasa cuando descubres que la falta de sonido no implica que no puedas hablar, sino que por mucho que tengas que decir nadie va a escucharte? Cuando te das cuenta de que han colocado una pantalla entre tú y el espectador que se convierte en una máscara de indiferencia. Cuando nadie del otro lado de la pantalla tiene intención de responderte. Cuando todas las palabras que pensaste pronunciar sólo podrías pintarlas sobre ese muro que os separa para dejar de tener sentido cuando tu escena termine…

Y sobre todo ¿cómo responder cuando tras unas letras que a pocos ya les interesa ver aparece un cartel que indica “The End” y sin embargo le dan un tono de interrogación?

Si pudiera escribir sobre ti no habría suficiente papel en el mundo ni tinta tan indeleble como quisiera, ninguna pluma sería buena.

Si pudiera escribir sobre ti mis dedos dibujarían cada trazo, habría descripciones detalladas y giros sorprendentes, mis ojos repasarían cada palabra.

Si pudiera escribir sobre ti cada suspiro sería una coma, firmaría cada página con un beso, nunca faltaría un “Continuará…”

Ya conocía las leyendas cuando se internó entre los árboles, cuando llegó a aquel claro, cuando vio que su imagen reflejada se ondulaba dándole la bienvenida.

Había escuchado las leyendas y por eso no se sorprendió cuando la ondina surgió de las aguas sonriendo mientras el agua caía por su piel como una continuación de aquel pelo negro que ya en sus formas de desenroscarse anunciaba algo salvaje.

Había leído las leyendas, si, y sin embargo se encontró paralizado cuando el bosque le devolvió la mirada desde detrás de aquellos ojos verdes. Cuando sintió por primera vez que siempre había vivido aguantando la respiración bajo el agua, que no podría aguantar mucho más, y que debía nadar hasta sus últimas fuerzas hacia la luz que se veía tras ellos.

Él mismo había escrito las leyendas que advertían que quien fuera tan insensato como para no dar la vuelta inmediatamente podría no regresar jamás; pero ya había comprendido que jamás podría llegar a volver a ser feliz en ningún otro sitio.

Ya conocía las leyendas cuando se internó en las aguas, en su sonrisa, en su pelo, en su piel, en su abrazo y en sus ojos.

¿Cómo explicar la sensación cuando cualquier tiempo siempre te hubiera parecido corto?, ¿cómo explicarlo cuando cada uno de esos instantes se entretejieron con una experiencia que en cierto sentido ha cambiado lo que eres?, y sobre todo, ¿cómo explicarlo cuando una vez más se demuestra que sólo nos arrepentimos de lo que no nos atrevimos a hacer?.

Año y medio de Assange, de Wikileaks, de cansarme de formar parte del “enfinismo” y pasar a gritar, de acudir sólo a la Embajada Británica y volver, sin saberlo todavía, habiendo encontrado una compañera de revolución, de una conversación llena de coincidencias, de dejarnos la voz, de terminar empapados bajo cada lluvia y bajo cada máscara, de pasar de convocatorias de cuatro ante un ministerio a conseguir que se cambiara el emplazamiento de la gala de los Premios Goya para futuras celebraciones, de “maestros de las pancartas”, de protestar ante la sede del PSOE, de protestar ante la sede del PP, de cansarnos de ser mercancía en manos de políticos y banqueros, del “lo queremos todo y lo queremos ahora” al lado de la estatua del Oso y el Madroño, de ocupar el kilómetro cero de la capital del país durante tres semanas, de decenas de miles de personas gritando con las manos, de cargas policiales, de los “jumanjis”, de que la indignación cruzara fronteras e incluso océanos y se convirtiera en un grito global.

Año y medio donde mientras muchos sólo quedan para el botellón del fin de semana y huyen de cualquier tema “serio” nosotros llegamos a olvidar que había algo más que la lucha hasta tener que recordarnos que también podíamos quedar para simplemente pasar un rato juntos riendo.

Año y medio donde incluso a pesar de puntos de vista distintos tienes la seguridad de saber que cuentas con alguien que te cubre las espaldas. Año y medio de una amistad ni mejor ni peor pero si completamente distinta porque completamente distinto es el contexto.

Año y medio de muchos “¿y si…?” que se quedaron en el aire. Año y medio donde al final aprendes que a veces no vale de nada saltarse toques de queda encubiertos rodeados de antidisturbios si al final no desobedeces tus propias medidas de represión.

Queda mucho por delante y cada uno seguirá protestando desde donde esté porque ya no serán capaces de hacernos callar. El día 12 hará año y medio que despertamos de nuestra particular “Matrix” y la revolución seguirá adelante, pero ya no será lo mismo.

Cuando intentas llevar la bolsa de la compra de tu madre y no consigues más que arrastrarla.

Cuando saltas hacia la canasta de baloncesto pero no consigues rozar el aro.

Cuando corres como jamás habías corrido para ver su espalda cruzar.

Cuando esperas ese reconocimiento y encuentras la sonrisa irónica.

Cuando pierdes por primera vez a tu mejor amigo.

Cuando los sacrificios funcionan en un sólo sentido.

Cuando las sonrisas viajan en un sólo sentido.

Cuando las miradas viajan… hacia otra persona.

Cuando comprendes que nunca pudiste ganar.

Cuando asimilas que perdiste antes de empezar.

Cuando no eres suficiente…

Cuando la esperanza se convierte en decepción una vez más pero te das cuenta de que ya no te importa como antes…

Cuando comprendes que hagas lo que hagas te seguirán pidiendo pruebas de fe que ya no quieres dar…

Cuando te cansas de correr tras el viento para recoger las cenizas mientras siguen prendiendo fuego a todo…