Sonrisas enmascaradas

Hemos pasado a la Fase I en este relato que solo imaginaba contado por el típico cine de desastres pero que narraremos, dentro de años, recordando como hasta los cines se quedaron mudos. Y pensaba en ello mientras me ponía las zapatillas, mirando el reloj, calculando el tiempo exacto que no debería sobrepasar, duración y límite de la franja horaria y, sobre todo, la gente que hoy debería esquivar, malhumorado antes de poner un pie en la calle.

Porque a veces nos recuerdan que este relato de pérdidas y de aplausos y de esperanza para el futuro, alimentada por gestos de humanidad, también puede serlo de terror por la repetición de señales del pasado que ilustran lo fácil que es que algunos la pierdan.

Porque hay días en que el escepticismo ante el “saldremos siendo mejores” es sustituido por el “síndrome de la cabaña” que explicaban en “La Cafetera” y el miedo a que ya no se trate de miedo, sino a que la cabaña se empiece a parecer un poquito más a la de Kaczynski.

Y ha sido en uno de esos días en que los auriculares te sirven no para escuchar sino como muralla para dejar de oír y la mascarilla, en vez de sofocarte, se convierte en un escudo que nada tiene que ver con virus, donde ha bastado un segundo y lo inesperado para recordarme que en solo un gesto puede haber suficiente poder para cambiarlo todo. Y la ironía es que lo haya desencadenado algo tan simple y hoy tan complicado como un estornudo.

El estornudo que la ha pillado por sorpresa todavía a unos metros de mí, el que ha hecho que su melena se adelantara en un arco como si alguien hubiera decidido rebobinar la típica escena tan “de cine” saliendo del agua, el que la ha hecho entrar en pánico primero asegurándose de forma instintiva de seguir llevando la mascarilla bien colocada y, a continuación, levantando la vista con los ojos muy abiertos, asustada, buscando si la gente la miraba, para encontrarse de frente conmigo.

- ¡Salud!

Sé que ha respondido pero no podía oírla. También sé que la parte que no tapaba la mascarilla se ha puesto roja. También que sus ojos han pasado primero al alivio y después a delatar una sonrisa.

He seguido, esquivando gente. He ido a comprar, esperado la cola para entrar, esquivado gente. Después a Correos, con su cola para entrar, esquivado... Se habían equivocado. Aviso con la dirección de la oficina incorrecta. “Lo sentimos, sus paquetes no están en esta oficina. Debe ir a... Y no hace falta que espere la cola, que ya hemos avisado por teléfono. Simplemente diga que viene de esta oficina”.

Ni lo he intentado. No tenía prisa y, mientras esperaba, me he quitado un momento los auriculares. La gente se quejaba de las colas, de la mascarilla, del calor, de esquivar gente.

No sé si mis ojos también me delataban pero cuando he llegado a casa y me he quitado la mascarilla me ha pillado por sorpresa, ante el espejo, ver que hoy me habían contagiado una sonrisa.