Tako-Tsubo

Cuando le dieron nombre a lo que tenían ante sus ojos pensaron en una vasija usada por los pescadores japoneses para atrapar pulpos, en concreto en su forma abombada terminada en un cuello estrecho. Pero desde que lo escuché no he dejado de darle vueltas a si en algún momento también visualizaron la metáfora de que un objeto capaz de no dejar escapar semejante presa tenga a la vez la fragilidad del barro cocido ante un golpe inesperado.

Al fin y al cabo nos enseñan, desde la primera vez, a descartar el terror que nos invade al sentir los tentáculos fuera de la vasija, apretándola sin piedad; y, con el tiempo, nos reímos de como llegamos a creer, como adolescentes, que nos hacíamos añicos. Así que a la siguiente, incluso cuando nos pilla por sorpresa descubrir que sí podía doler más, ya hemos aprendido a seguir adelante sin querer pensar en esas pequeñas grietas imperceptibles que empiezan a aparecer.

Sin embargo nadie te prepara para cuando empiezas a reaccionar con el estremecimiento de unas paredes resquebrajándose o, peor aún, el encogimiento de hombros de una superficie que, a pesar de los desconchones, has conseguido que aguante rígida a base de añadir cemento.

Tampoco para la apatía provocada por todo el peso añadido ni para que, demasiadas veces, esta disfrace el miedo a romperte del todo si lo intentas de nuevo.

Porque, hablando de términos japoneses, en un mundo donde algunos se esfuerzan en señalar que permitirte sentirte mal debería hacerte sentir peor, parece que las únicas fracturas de las que debes poder hablar son aquellas que se puedan adornar mediante el Kintsugi; pero nadie te explica que pasa si se acaba el polvo de oro.

Menos aún que una imagen puede mostrar como duele un corazón al romperse.